Tú tienes sangre fría. Yo, demasiada fiebre.

Tal vez tengo el cuerpo lleno de gaviotas diminutas, el alma inundada y las pupilas baldías que aún funcionan con un poco de letargo.

Mis nervios se han adherido a la tierra y creo que me vuelvo árbol y mis ramas enormes se extienden, se dispersan y crecen hasta alcanzar un cielo azulito, hermoso, es hermoso.

Al instante, sueño que de mis pies brotan unas alas enormes y bailan hasta el cansancio en un cuarto de espejos de agua infinita, donde aparece tu reflejo, sonrío, sobre tu cabeza se han posado mil golondrinas, hurgando tu cabello con desespero, como si el sueño fuera a acabar al siguiente segundo.

Luego, desapareces y bajo mis pies desnudos se extiende una playa gigantesca, de arena suave y blanquecina, que se traga mis dedos y los hace perderse en ese espacio movedizo, de pronto, se hace de noche y recuerdo cuanto miedo tengo de despertar.

“Y es entonces cuando despertamos de esos sueños 
donde se han disecado hasta las ilusiones…”