Bogotá.. u otra ciudad

Nací en una ciudad fría, a la que nunca le llegan las estaciones, incluso estuve a punto de convencerme que tenía cierta inmunidad de las cosas que no cambian, los edificios eran siempre los mismos, las calles y su tráfico igual de grises y pesados. En días así, llegaba a sostener largas conversaciones con el sabio de la esquina del café “el duende” que decía que la ciudad en realidad solo existía para nuestros ojos y que en el momento en que dejábamos de verla y de parecernos a ella, se desvanecía ante nuestras pupilas expectantes, simplemente era eso, dejar de soñarla para así dejar de verla. Porque las calles nos salen de los ojos y se paran ahí cómo lágrimas recién lloradas a esperar ser pisadas por nuestras extremidades contaminadas de evolución. Ese día cambie de opinión, tenía aroma a fin del mundo, cómo si la ciudad en verdad hubiera muerto bajo nuestros pies marchitos y ya no existiera más allá de lo que imaginamos. -Los ojos fueron almidonados.

1 comentario:

  1. Tuna incandescente. Águila sin alas. SERPIENTE DE ESTRELLAS. Aquí nos tocó. Qué le vamos a a hacer. En la región más transparente del aire.
    C.F.

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