Sobre la mesa había algunos libros, un gran tintero; también una pluma desbaratada, aparentemente, por las manos de un niño que se rehúsa a creer que la ha dañado e intenta hacer encajar sus partes por tercera vez.

Creo que esa gran lámpara italiana con un vaso de rayones coloridos, finamente abierto, como queriendo encerrar los rayos de luz, sólo la encendía cuando el día no le alcanzaba para inspirarse y continuaba escribiendo en las noches.

La silla y la mesa hacían juego perfecto con la arena; sus ojos con ese pedazo de azul y bueno, ni hablar de su alma, creo que esa no tiene comparación… Por supuesto, justo en frente de la mesa estaba ese gran ventanal del que hablaba sin cesar cada vez que mi voz de niña le daba la palabra. Cuando entró a la habitación, encontró mi mirada pérdida en esa playa desolada, ese cielo azul y ese aroma a rosas envejecidas que dejaban en el aire los libros del estante. Un beso, un hasta luego y una ventana...